Más allá de la corriente

En enero, junto a mi esposa fuimos de vacaciones a la provincia de Córdoba. En este viaje Dios me habló cuando visitamos un paisaje especial. En el pueblo de La Cumbrecita, hay una cascada abierta para turistas. Cuando llegamos vimos una pequeña corriente que terminaba en un lago, rodeado de rocas y de mucha gente. Fue un paisaje hermoso, un lugar muy familiar. Nos quedamos a almorzar disfrutando de ver el agua correr.

Después de pasar un buen rato ya empezamos a planear nuestra vuelta. Pensé de todas maneras “¿Acaso no hay nada más? ¿A esto llaman la cascada? ¿Seremos capaces de seguir la corriente hasta llegar al lugar de donde viene el agua?” Nos animamos a correr el riesgo de averiguarlo. Las rocas eran difíciles de caminar sin caer y en un punto teníamos que descalzarnos para caminar en el agua. Pero después de un gran esfuerzo llegamos a la esperada cascada; tranquila, sin tanta gente y mucho más grande e impactante que la pequeña corriente que habíamos conocido antes.

A la vuelta entendí que Dios me quería enseñarme algo a través de esta experiencia. Ambos paisajes reflejan el carácter de Dios. Hay una parte de Él que es simple de llegar y disfrutar al igual que la corriente que conocimos primero. Pero también hay otra parte de Él, más profunda y que no es tan visible, lleva algunos riesgos para acceder pero realmente vale la pena.

Primero están los beneficios de Dios que son hermosos, buenos y agradables, al igual que la corriente. Son fáciles de ver, disfrutar y son accesibles. Por ejemplo: escuchar que somos hijos, aceptados y perdonados, la provisión de Dios, los tiempos de alabanza, entre otros. Todo esto es de Dios, y es bueno. No hay riesgos, tenemos todo en control y tomamos lo que nos gusta. Hasta podemos vivir nuestra vida cristiana basada en este tipo de experiencia con Dios. Y si bien a Él le agrada que podamos conocerlo así, corremos el riesgo de pensar que eso es todo a lo que podemos aspirar, cuando en realidad hay muchísimo más. Dios nos quiere llevar a una vida más abundante, a experiencias más fuertes que nos refresquen y transformen.

La cascada es un lugar difícil de acceder, por ende, más privado. No llegamos ahí por seguir a grandes movimientos de personas como tal vez sí a la corriente. Debemos decidirnos confiando en Dios sin saber muy bien que nos espera al final del camino. Hay riesgos que enfrentar, como el no movernos por la decisión popular, exponernos a lo desconocido entre otros. Pero la búsqueda y curiosidad que experimentamos en este proceso nos renueva, cambia nuestra mentalidad y despierta un hambre para descubrir más. Dios en medio de nuestra aventura de conocerlo en una mayor profundidad nos cautiva, nos enamora y nos da un gozo más profundo.

Ezequiel 47 describe una situación similar, dónde para conocer más de la presencia de Dios hay que ir más profundo. El crecimiento en nuestra relación con Dios y la profundidad de Su cascada está al otro lado del riesgo, al otro lado de lo cómodo y aún lo bueno pero superficial que conocemos de Él. No nos quedemos con la corriente, por más que sea linda y nos sintamos seguros, animémonos a descubrir la cascada.


Pyry tiene 29 años, es de Finlandia y junto a su esposa, Laura de Brasil, son parte de nuestra comunidad en Rosario desde que comenzó hace 4 años. Sirve en los ministerios de Comunicaciones, Músicos y Administración

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